Hoy tocaba una entrada sobre un libro que un servidor ha escrito y que ha visto la luz este fin de semana en la Feria del Libro de Sevilla, se llama 'Mis días como sospechoso' (debería enlazar con alguna página donde se pueda encontrar, pero aun no está reseñado) Pero no, quizá más adelante. No, por que acabo de terminar de leer una estupenda historia gráfica llamada 'El fotógrafo' y no me resisto a escribir sobre ella. Me ha dejado algo 'tocado' la cruda historia.
Los autores son el fotógrafo Didier Lefèvre , que viajó a Afganistán a finales de los años 80 con Médicos Sin Fronteras para hacer un reportaje sobre su trabajo allí, y Emmanuel Guibert , un dibujante amigo del fotógrafo que, a fuego lento y tras veinte años de charlas y de escucharle contar aquel viaje iniciático, dibujó con una sencilla sensibilidad el mundo afgano que su amigo encontró.
Es un cómic muy especial donde los dibujos de uno se mezclan con las fotografías del otro, consiguiendo trasportar a aquella realidad al lector que se acerque con ojos curiosos.
Han logrado algo muy difícil: transmitir la hospitalidad de un pueblo, mostrar lo complicado que es el trabajo del fotógrafo en guerra y el de los médicos humanitarios, que roza lo imposible, y plasmar cómo se simplifican las prioridades cuando se caen cosas tan cotidianas para nosotros que hasta que faltan no apreciamos su valor: de repente una manta sobre el suelo duro es una comodísima cama con la ayuda de un cansancio infinito, y una navaja suiza el mejor bisturí, 'desinfectado' con una manga.
¿Cómo pueden conseguir comunicarlo tan bien cuando el que les lee no ha estado ahí? Al leerlo me lo iba preguntando, de igual forma que cada vez que veo una foto me coloco donde el fotógrafo: ¿Desde dónde está tomado la foto (¿Las fotos se toman o se hacen, se roban o se fabrican, se cazan o se pescan?)?, ¿qué objetivo está usando?, ¿es invisible o se está haciendo notar? y, si es la fotografía de un personaje, ¿cómo se comunica con él?, etc. Saco aquí y ahora estas preguntas de la chistera, aunque tengo intención de que sean el tema de otro post futuro, espero, por que leyendo este cómic me he metido en el dolorido pellejo del 'prota' y he entendido un poco mejor lo que sus fotos me quieren contar.
En la contraportada un breve texto reza: "Saco una de mis cámaras. Cojo el veinte milímetros, un gran angular, para poder encuadrar el suelo. Que sepan dónde he muerto." Tras esto cabe preguntarse, además, ¿por qué toma fotos, esas fotos, así, tan lejos y en peligro?, ¿no tiene miedo? ¿Qué hace con los sentimientos? He escuchado decir a varios espléndidos fotógrafos que admiro, de entre los que se han acercado a la oscuridad a través de un visor, desde James Nachtwey a Raúl Cancio, que la cámara te ayuda a distanciarte, a no ceder, a no sentir la crudeza. Pero, ¿hasta qué punto puede uno aguantar? En un momento de la historia, Didier está fotografiando a dos médicos intervenir, usando únicamente el haz de dos linternas, intentando salvar a una niña a la que una pieza de metralla del tamaño de un grano de arroz le ha diseccionado la columna vertebral y la ha dejado inválida. En su diario confiesa que se bloqueó y sólo pudo sentarse en cuclillas en la oscuridad y llorar. Necesitaba salir a la noche y cuando lo hizo, la madre de un niño muerto por una mina, entre lágrimas, le pedía que siguiese tomando fotos para que así la gente supiese. Y volvió dentro de nuevo. El fotógrafo como testigo.